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Arturo Carranza Riestra

“Como Hablan mis Bisabuelos de la Revolucion”

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Era una tarde nublada y con viento y amenazaba tormenta como sólo en el desierto de Puerto Peñasco sucede. Era tal la cantidad de arena en el aire que solo podias ver hasta la casa de enfrente. Esto te daba la sensación de estar atrapado sin saber por donde llegaría la tormenta; solo los truenos, cada vez más cercanos eran la señal más clara de lo que estaba por venir .

La chimenea de la casa del abuelo empezaba a lanzar pavezas como si fueran fuegos artificiales y le dije - ¡Mira abuelito, parece la celebracion del 20 de Noviembre!. Mirando atentamente alrededor de la chimenea, como buscando donde podian haber caido los rescoldos de la pirotecnia de la madera humeda, me preguntó – ¿Y sabes, Victoria, que se celebra el 20 de Noviembre?….¿te ha hablado ya tu maestro de esto?. Lo miré con entusiasmo, pues se por experiencia que mi abuelo es un gran contador de historias, y le contesté: - “El año pasado cuando fue 20 de Noviembre nos hablaron de ello”.  “Pero quien más me ha  hablado y explicado de ésto es mi papá, ya sabes como le gusta la Historia”, y poniendo la cara mas suplicante que pude, dije: “¿Pero, me lo podrias recordar, es que se me revuelve con otras historias. ¿Si?”.

Recogiendo  las enaguas del mantel de la mesa que estaba mas cerca de la chimenea, el abuelo primero abrio sus ojos como admirado por mi repentino interes y luego los entrecerró al mismo tiempo que yo cerre los mios, por el estruendo de un rayo que calló, según sus calculos, a dos cuadras. Una vez pasado el hacernos chiquitos y el susto, me abrazo y me dijo con voz suave: - “No te asustes Vikistoris”, asi me dice a veces de cariño, “Son solo rayos y el poste que está aqui afuera tiene pararayos y eso nos protege”. En su reconfortante sonrisa vi que sería una tarde como las que a mi me gustan cuando el clima no me deja salir a jugar.

“¡Para hablar y recordar, un chocolate caliente hemos de tomar!”… dijo como cantando. Yo no tenia idea de que mi abuelo pudiera, en tan pocos pasos, llegar hasta la estufa. Una vez puesto el pan dulce sobre la mesa, a manera de excusa, agregó: “ Éstos son solo refuerzos por si se me empieza a olvidar algo”.

En unos cuantos minutos ambos estábamos sentados sorbiendo ruidosamente nuestros ricos chocolates calientes. Afuera se podia escuchar la fuerza de la  la real “tormenta del desierto”.

 El abuelo me dijo mirandome con grandes ojos, -“ Yó, cuando era niño, quizá hasta un poco mas grande que tú, también me asustaban mucho los truenos y los rayos. Recuerdo claramente una vez cuando mi papá, tu bisabuelo Arturo, y yo, veniamos a caballo casi llegando a la casa del rancho que teniamos en el desierto de Coahuila. En un momento se habia desatado una terrible tormenta eléctrica; a manera de conzuelo a mi miedo me dijo: -“a los rayos solo hay que tenerles respeto y no miedo; no debes ponerte bajo los árboles cuando hay tormenta, porque en el monte, los árboles atraen los rayos”.

 Yo le pregunte si a él no lo asustaban los rayos y, perdiendo su mirada en el horizonte y meneando su cabeza me dijo con cierto orgullo en su voz: “No, y quizá no les tengo miedo a los truenos y los rayos gracias a los cañonazos”; su comentario me tomo por sorpresa y después del instante que le tomó a mi caballo emparejar al suyo, solo atiné a preguntar: “ ¿Cañonazos?. Volteó a verme con una gran sonrisa, como si su idea de distraerme de los rayos y truenos estubiera funcionando. Regresando su mirada al rojizo y encapotado horizonte y retomando la expresión seria que normanmente tenía, se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos y sus recuerdos.

“ Si mijo, a los cañonazos, hasta los hombres más hombres les tienen miedo”; creí entender con esto que el miedo a los truenos era cosa de niños. “La diferencia de los cañonazos con los truenos es que se escucha un silbidito, y, si ese silbido se va haciendo fuerte es que más cerca vas a oir el tronido. En un principio no te da mucho miedo, pero al cabo de una hora o más de estar escuchando los silvidos y las explosiones, llegas a pensar que la próxima te toca a ti y eso, si asusta”. Volteando a verme con su seño fruncido, me dijo: “Mira tu, ya tienes cara de asustado otra vez. No tienes porque… si no oyes silvidos antes de los truenos todo esta bien”. Mi cara de susto ya no era por los truenos de la tormenta sino por pensar los peligros que enfrentó mi papá cuando joven en la Revolución de 1910.

Poniendole rostro sereno a mi aun asustada cara, le pregunte: ¿por qué se armó la pelotera de la Revolución papá?. Aparentemente, mi pregunta calmó de nuevo su rostro y continuó: “Escucha con atencion lo que voy a decirte: ...para mi, como mexicano, no hay cosa que me de más orgullo que haber peleado en la Revolución y siempre lo hice, al lado de la Justicia y de la Ley. Aunque, también creo que muchos de los que pelearon en el otro bando, creían que peleaban por lo mismo.  Y digo la Justicia y la Ley, porque peleamos primero por un cambio en la manera de gobernar. El pueblo estaba sediento de justicia e igualdad. El 20 de Noviembre de 1910 todos nos unimos contra un solo enemigo, Don Porfirio Díaz, aunque entre nuestros jefes hubiera diferencias. Todo Mexico buscaba sacudirse a quienes se habian perpetuado en el poder y habian corrompido la forma de gobernar. En el ejecutivo, el presidente y todos los ministros se hacían más ricos con cada período en el gobierno. Los Legisladores vendían sus influencias al mejor postor,  por lo general, extranjeros. Y, ¿el poder judicial?, un caos, la justicia no la conocian los que no tenían dinero o influencias. Quién lideró el movimiento revolucionario era de aquí, del estado de Coahuila, Don Francisco Ignacio Madero, un hombre bueno. Tras unos meses de escaramuzas se llegó a un arreglo con el general Victoriano Huerta, jefe del ejército del gobierno de Díaz. Madero aceptó algunas condiciones de este general a cambio de que el presidente Díaz se fuera de México y así, se  pararon las hostilidades. Fue una paz que no duró mucho.

 Un año después, Huerta asesina al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suarez, que habían ganado en elecciones limpias, y es nombrado presidente de Mexico por artilugios legales que se veian truculentos como de aquí hasta aquel cerro que ves allá”. Yo, sin volear a ver el cerro le pregunte: - ¿Y que pasó después?. – Volvimos a las andadas; Venustiano Carranza otro coahuilense, que era gobernador del estado y amigo del presidente Madero, lanzó el Plan de Guadalupe que formó la base para levantar el Ejercito Constitucionalista, fue en este ejercito en el que serví.  Es por esto que te digo que siempre pelee por la ley y la justicia. El de Guadalupe era un plan para convocar a la rebelión contra el falso gobierno de Huerta y reestablecer el orden constitucional.

Ya en franca rebeldía, el Gobierno Federal envía sus tropas contra nosotros y nos hacemos fuertes en Monclova; el enemigo era mucho más numeroso que nosotros y tuvimos que abandonar la plaza, pero les aplicamos guerras de guerrillas y asi, sin un frente fijo, no nos pudieron derrotar nunca.

Mientras nosotros andabamos de “salto en mata”, el Sr. Carranza se va a Sonora a negociar con los militares de la plaza y con el gobernador Maytorena para levantar un ejército formal. Gracias a las negociaciones del Gobernador Maytorena, Francisco Villa se une con su gente al plan de Carranza. Zapata en el  sur también se adhiere, y así, desde varios frentes y dividiendo al ejército federal, se les pudo derrotar un año después. Carranza apoyado por los generales sonorenses, Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, finalmente entra a la capital del país; aún en contra del gusto de Villa y Zapata.  Don Venustiano, como lo llamabamos de cariño quienes creíamos en él, convoca a elecciones y gana la presidencia. Fue este hombre que digna e inteligentemente fue el comandante supremo del Ejército Constitucionalista, y sin ser militar ¿he?, quien además nos dio la base para una moderna y más justa Constitución en 1917”. Buscandole los ojos a mi papá  recuerdo que le pregunté: ¿Y ahí terminó la Revolución,  con un final feliz?”. Sus ojos se ensombrecieron un poco mientras entrabamos a los linderos de la casa del rancho que todavía distaba unos doscientos metros, y parando su caballo y tomando las riendas del mío me dijo: “Cuando la Revolucion se politizó, yo deje de pelear con las armas para pelear de otra forma, con herramientas de trabajo. Me case y llegaron ustedes y ahora me toca formarlos  como mexicanos decentes y trabajadores, pero que me parta un rayo si no me presento inmediatamente a filas si mi pais me lo requiere. Ahora sí, ni los silbiditos de los cañonazos me iban a asustar y  pelearía de nuevo por defender lo que por derecho es nuestro, la Libertad y la Justicia”.

A paso lento a caballo llegamos hasta la casa y antes de  empezar a desensillar me dijo: “Te pido que éste amor por Mexico se lo inculques a tus hijos”. Yo le contesté con una solemnidad que ni yo conocia en mi: “Si Dios me presta licencia papá, lo haré hasta con mis nietos”. Y... aquí estoy enseñándote Victoria, a no tener miedo a los truenos ni a los silbiditos de los cañonazos ni a nadie que abuse del poder y pretenda imponer su criterio personal a la voluntad del pueblo mexicano”.  

Poniendo la taza vacía sobre la mesa, abracé a mi abuelo y le dije: “Este abrazo es porque mi bisabuelo Arturo fue tan valiente y este beso es por ser tú tan cumplido en tus promesas. Ahora, yo te prometo que mis nietos escucharan esta historia y sabrán de los valientes de los que vienen. Gracias abuelo. Afuera seguia tronando el cielo con fuerza descomunal pero por alguna extraña razón, ya no estaba el miedo.

 F   I   N

 

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